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Europa quiere una Defensa común, pero la pregunta es: ¿puede moverla?

Fecha de publicación

Abr 17, 2026

Esta misma semana, Pedro Sánchez ha afirmado que España está lista para avanzar hacia un ejército europeo y ha definido la Unión de la Seguridad y la Defensa como «un bien público europeo”. La frase tiene fuerza política y recoge bien el clima del momento: Europa ya no puede seguir hablando de seguridad como si siguiera viviendo en el viejo entorno estratégico; pero, precisamente por eso, conviene formular una pregunta menos épica y más decisiva: aunque existiera esa voluntad política, ¿está Europa en condiciones reales de sostener una Defensa común en términos de despliegue, tránsito, apoyo y coordinación?

La respuesta obliga a bajar al plano material. Porque una Defensa común no empieza cuando se proclama, empieza cuando puede moverse. Cuando tropas, equipos, munición, repuestos, combustible, datos, permisos y apoyo logístico pueden cruzar Europa con rapidez, previsibilidad y seguridad. Y ahí aparece una de las grandes pruebas de realidad del proyecto europeo de Defensa: la movilidad militar. La propia Comisión Europea la sitúa entre las siete áreas prioritarias de capacidad en el marco de Readiness 2030 y la define como una red europea de corredores terrestres, aeropuertos, puertos y elementos de apoyo capaces de sostener el movimiento rápido de fuerzas y material.

Durante años, la movilidad militar se ha percibido como una cuestión técnica, casi burocrática: permisos diplomáticos, gálibos ferroviarios, peso de puentes, trámites aduaneros, interoperabilidad documental…Todo eso sigue siendo cierto, pero ya no es suficiente para explicar la dimensión del problema. La guerra en Ucrania ha recordado que la logística no es un apéndice de la estrategia: es una de sus condiciones de posibilidad. Y el deterioro del entorno de seguridad europeo ha hecho visible algo que durante demasiado tiempo se subestimó: Europa puede acumular capacidades, pero si no puede activarlas y desplazarlas al ritmo que exige una crisis, su credibilidad como actor de seguridad queda inevitablemente limitada. Nada nuevo, por otra parte. Una de las máximas de la estrategia militar clásica concluye que “la batalla la gana la infantería, pero la guerra la gana la logística”.

 

Fragmentación y cuellos de botella

En este contexto, el primer gran obstáculo que afronta Europa es la fragmentación. No sólo la industrial o la doctrinal, sino también la regulatoria y procedimental. La propia Comisión Europea es especialmente clara al respecto: las reglas y procedimientos transfronterizos siguen siendo fragmentados, lentos y escasamente armonizados; la falta de convergencia en permisos, documentación y procedimientos de emergencia, unida a una digitalización insuficiente, aumenta los tiempos de respuesta y debilita la capacidad de despliegue rápido de la UE. La conclusión de Bruselas es casi más relevante que el diagnóstico técnico: ese marco reduce la preparación, la capacidad de disuasión y la credibilidad europea como actor de seguridad.

El segundo gran problema es físico. Europa ha avanzado, pero sigue lejos de donde debería estar. Desde 2021, a través del Mecanismo “Conectar Europa” se han destinado alrededor de 1.700 millones de euros a 95 proyectos de infraestructuras duales en 21 Estados miembros. Es un paso importante, pero la propia Comisión admite que no basta: en 2025 el Consejo adoptó cuatro corredores multimodales prioritarios para facilitar movimientos militares a gran escala y, al mismo tiempo, la UE ha identificado unos 500 proyectos “hotspot” con necesidades de inversión de en torno a 100.000 millones de euros para eliminar cuellos de botella a lo largo de esos corredores. Esa distancia entre lo ya financiado y lo realmente necesario resume bien la magnitud del reto.

Por eso, el nuevo paquete europeo de movilidad militar no es una nota al pie, sino una señal política de primer orden. Lo que plantea Bruselas para 2025-2034 no es sólo más inversión, supone todo un cambio de escala y de lógica: procedimientos acelerados, un sistema basado en notificación en lugar de permisos individuales, una propuesta de 17.650 millones de euros en el próximo Mecanismo “Conectar Europa”, una herramienta de resiliencia para identificar, adaptar y proteger infraestructuras estratégicas, una reserva compartida de capacidades de transporte y logística, coordinadores nacionales de transporte militar y un sistema digital único de información para la movilidad militar. En otras palabras, la UE ha entendido que la movilidad ya no puede seguir descansando sobre arreglos parciales y soluciones improvisadas.

 

La concepción de una Defensa Extendida

Ahí está la dimensión verdaderamente estratégica del asunto. La movilidad militar no es meramente un problema logístico es una expresión muy concreta de lo que en The Grey venimos describiendo como Defensa Extendida. Hablar de movilidad es hablar de puertos, aeropuertos, ferrocarril, carreteras, plataformas Ro-Ro, transporte pesado, almacenamiento, mantenimiento, energía, ciberseguridad, digitalización, protección de infraestructuras críticas, software de planificación y coordinación público-privada. Es decir, no estamos ante una agenda sectorial, sino ante una conversación que une Defensa, industria, infraestructuras, tecnología y seguridad económica en una misma arquitectura de poder. Por no hablar de otras redes clave como las de abastecimiento y sanitarias, entre otras.

Y ahí aparece la oportunidad. Porque la movilidad militar europea no sólo exige más presupuesto en Defensa, demanda también más capacidad industrial, más ingeniería, más digitalización y más operadores capaces de trabajar en entornos duales. Para muchas empresas españolas y europeas, éste no es un debate ajeno ni reservado a los grandes contratistas tradicionales. La agenda que se está abriendo alcanza a gestores de infraestructuras, operadores logísticos, ingeniería civil, compañías tecnológicas, ciberseguridad, sistemas de mando y control, mantenimiento, protección de nodos críticos, transporte aéreo estratégico y soluciones de datos aplicadas a la coordinación de flujos complejos. Cuando Bruselas habla de infraestructuras estratégicas, capacidades compartidas de transporte y logística o de un sistema único digital de información, está describiendo también un nuevo espacio económico y tecnológico europeo. Eso es Defensa europea, y es imprescindible para poder contar con un ejército europeo realmente capaz y activo.

 

España y su potencial aeronaval

En el caso de España, esta conversación tiene además una dimensión propia. La Estrategia de Seguridad Nacional define a España como un país de condición europea, mediterránea y atlántica; y la Estrategia Nacional de Seguridad Marítima 2024 parte de una idea igual de contundente: España es un país de condición marítima y debe proteger sus intereses “en” y “desde” la mar. A ello se suma la aprobación en 2025 de la nueva Estrategia de Seguridad Aeroespacial Nacional, síntoma de que el dominio aéreo y espacial ha pasado a formar parte central de la seguridad nacional.

Si se toma en serio ese triple marco —europeo, marítimo y aeroespacial—, la conclusión estratégica es bastante clara: España no debería pensar su contribución a la Defensa europea como una réplica de modelos centroeuropeos de potencia terrestre, sino como la consolidación de una potencia aeronaval capaz de conectar corredores, sostener proyección, asegurar nodos logísticos y aportar profundidad estratégica entre el Atlántico y el Mediterráneo. Ésa es una lectura analítica, pero está plenamente alineada con la geografía y con los propios documentos estratégicos del Estado.

Eso tiene consecuencias prácticas. La posición española, sus puertos, su red aeroportuaria, su conexión entre fachadas marítimas, su proximidad al Norte de África y su función de bisagra entre Europa, el Atlántico y el Mediterráneo le otorgan un valor singular en una agenda de movilidad militar que será cada vez más aeronaval y multimodal. Si Europa quiere acortar tiempos de despliegue, reforzar sus corredores estratégicos y construir resiliencia dual, España no debe limitarse a pedir sitio en la conversación: debe aspirar a organizar parte de ella. Y eso exige visión política, coordinación europea y una lectura industrial mucho más ambiciosa de lo que significa hoy la seguridad.

El debate sobre el ejército europeo seguirá siendo importante y, probablemente, inevitable. Pero corre el riesgo de quedarse una vez más en una mera declaración política si no se acompaña de preguntas más concretas: cómo se mueve Europa, con qué reglas, sobre qué infraestructuras, con qué capacidades logísticas, con qué sistemas digitales y con qué tejido industrial. La movilidad militar es, en ese sentido, la prueba de realidad de la Defensa común. Es la línea que separa la ambición política de la capacidad estratégica efectiva.

Al fin y al cabo, Europa puede seguir discutiendo sobre la arquitectura final de su Defensa; pero, si quiere hacerlo en serio, tendrá que resolver antes algo mucho más decisivo: su capacidad para mover poder. Y para España, ese desafío es también una oportunidad. La oportunidad de posicionarse no sólo como participante en la nueva Defensa europea, sino como uno de los países que pueden ayudar a hacerla operativa, industrialmente sólida y estratégicamente creíble.

 

 

Imágenes: © European Union / European Commission. Fuente: ec.europa.eu